El método anarquista: cuando la huelga se transforma en revolución social

 


Una huelga, cualquier huelga, se puede transformar en una huelga general revolucionaria.

Una huelga general revolucionaria no es un simple paro de brazos caídos, sino el instrumento por el cual el proletariado, organizado y consciente, paraliza el aparato productivo y estatal para abrir paso a la revolución social.

Este acto insurreccional, cuando la clase trabajadora controla ya los medios de producción y ha tejido redes de apoyo mutuo, se convierte en el umbral hacia el comunismo anárquico: la abolición del salario, del Estado y de la propiedad privada, sustituidos por la libre federación de comunas y sindicatos.

Pero el tránsito hacia el comunismo anárquico no puede improvisarse. Ya en 1929, en las resoluciones de la Asociación Continental Americana de las y los Trabajadores (ACAT), en que participaron federaciones regionales de Baja California hasta la Patagonia, y que fueron redactadas por Emilio López Arango y Diego Abad de Santillán, las y los trabajadores anarquistas de América lo dejaron dicho sin rodeos: el comunismo anárquico solo se alcanza por la vía de la revolución social, y por ello debemos prepararnos intelectual y materialmente para tomar posesión inmediata de los medios de producción, distribución y transporte apenas triunfe la insurrección, ideando de antemano las formas de enlace entre los distintos grupos sociales y productivos. Antes de que suene la sirena de la huelga insurreccional, es preciso tejer pacientemente la trama que sostendrá a la sociedad el día después. 

Por eso el llamado es a que las federaciones adheridas a la Asociación Internacional de las y los Trabajadores (AIT) multipliquen sus frentes de acción -no solo el sindical, sino el cooperativo, el educativo, el sanitario y el cultural-mancomunando recursos y experiencias entre regionales, de modo que cuando el capital y el Estado queden paralizados existan ya cooperativas de consumo, ateneos, comedores populares y comités de barrio capaces de asumir de inmediato las funciones que antes cumplían el mercado y la administración pública.

Junto a ello debemos desarrollar una fuerte campaña antimilitarista internacional, encaminada a abolir o debilitar los ejércitos, el brazo armado del Estado, porque ninguna huelga revolucionaria sobrevive frente a un ejército intacto, sobre todo con el nivel de sofisticación tecnológica que ha desarrollado la industria de la guerra.

Hace falta también cultivar una conciencia cosmopolita entre la población, que disuelva fronteras y lealtades nacionales, para que la solidaridad obrera no se detenga ante la bandera.

Para ello el movimiento obrero anarquista internacional posee un acerbo histórico insurreccional que debemos conocer para que las futuras huelgas revolucionarias nos conduzcan hacia el comunismo anárquico.

La huelga general de enero de 1919 en Buenos Aires, impulsada por la FORA-AIT del V Congreso, aunque logró transformarse en una huelga general revolucionaria, logrando paralizar la ciudad, que quedó en manos de los trabajadores, no logró consolidar la revolución social, debido a que la teoría desarrollada en el anarquismo obrero de esa época confiaba en que una vez en la calle el pueblo improvisaría espontáneamente nuevas formas de organización social. La realidad demostró que no fue así: faltaron estructuras previas capaces de sostener la vida colectiva, y la insurrección decayó y desembocó en la represión sangrienta de la Semana Trágica. La matanza perpetrada por el gobierno, el ejército y la policía se explica también por el pánico antibolchevique y xenófobo que en esa época propagó la Liga Patriótica Argentina, especialmente apuntando contra la colonia judía, un factor que excede la sola carencia organizativa anarquista.

Hoy, frente a una huelga general revolucionaria, las fuerzas políticas actuales, la ultraderecha y la socialdemocracia se unirían como pasó en 1919, y desatarían la represión y el pánico al comunismo anárquico, por lo que desde ya debemos preparar la respuesta a la reacción, desarrollando estrategias de sensibilización proclives a la revolución entre la población general.

La revolución española de 1936 mostró lo que sí puede lograrse cuando la preparación precede al estallido: en Aragón y Cataluña, donde décadas de sindicalismo, escuelas racionalistas y cooperativismo habían echado raíces, campesinos y obreros colectivizaron tierra e industria y sostuvieron, durante meses, un comunismo libertario funcional.

Pero tampoco esa preparación bastó para consolidar el comunismo anárquico: el propio Consejo de Aragón fue disuelto en 1937 por el gobierno republicano con respaldo de los partidos políticos, un recordatorio de que ni la organización previa más sólida garantiza sobrevivir frente a un Estado -o una coalición de fuerzas- con superioridad militar. Esto demuestra que solo una sólida organización federalista podrá superar a la democracia liberal o la dirección centralizada marxista que se opondrán a la revolución social.

La lección que nos queda de estas heróicas insurrecciones libertarias persiste: la huelga no crea por sí sola la organización que la revolución social necesita; es la organización previa, aún con todas las fragilidades que pueda tener frente al poder armado, la que hace posible que la huelga sea algo más que una jornada de protesta. 

Hoy, frente a la inminencia de nuevas formas de opresión tecnológica en manos de gobiernos y trasnacionales, como la inteligencia artificial general, y las nuevas armas de destrucción selectiva y de control social, solo el desarrollo de innovadoras experiencias autogestionarias en el seno de nuestra federaciones regionales, y una fuerte campaña antimilitarista y antinacionalista, que impregne a la sociedad con una conciencia cosmopolita, podrá allanarnos el camino para que las huelgas y estallidos sociales, que hoy no parecen tener un destino claro, se transformen en huelgas generales revolucionarias, y afloren las comunas libres, organizadas en comunismo anárquico.

Pedro Peumo. 2026