El placer de la cadena: cuando el pinochetismo gobierna en Chile


En El miedo a la libertad (1941), Erich Fromm propone una idea que incomoda: hay masas que no son engañadas por el poder autoritario, sino que lo desean. A este fenómeno lo llama MASOQUISMO SOCIAL: la tendencia colectiva a fundirse voluntariamente con una figura omnipotente, entregándole la propia autonomía a cambio de aliviar la angustia que produce ser libre. No es ignorancia; es una solución psicológica al peso insoportable de la individualidad moderna.

El mecanismo funciona así: cuando una sociedad experimenta inseguridad profunda -económica, física, identitaria-, el yo individual se vuelve una carga. La libertad, paradójicamente, se convierte en amenaza. Entonces emerge el deseo de disolverse en algo más grande: un líder, una nación, un orden. El masoquista social no es sometido por la fuerza; elige su sometimiento porque le devuelve la sensación de pertenencia y certeza.

El caso chileno es ilustrativo, el ultraderechista y pinochetista confeso, José Kast, ganó la última elección impulsado principalmente por la preocupación sobre seguridad pública, delincuencia, inmigración irregular y recuperación económica. Los chilenos no votaron por un programa de beneficios, sino contra la angustia. Su campaña prometía "recuperar el orden y la autoridad, reimpulsar el progreso y restaurar la libertad y la justicia". Palabras que, en términos frommianos, ofrecen exactamente lo que el masoquismo social busca: un padre severo que ponga orden en el caos.

Fromm advertía que este mecanismo no desaparece con la democracia. Se adapta a ella. Es el mismo mecanismo psicológico que ha llevado al poder político a todos los regímenes autoritarios elegidos en democracia.

Allende los Andes, en Argentina, un gobierno similar, encabezado por Javier Milei ya va de salida. Aunque con la posibilidad de continuar. La angustia y la incertidumbre que el mismo gobierno causa, paradójicamente, es el que puede asegurar su permanencia.

Si de algo nos puede servir en Chile experiencia argentina es que no basta con aplicar una supuesta racionalidad frente a gobiernos de este signo. Millei y Kast no han sido elegidos pensando en un "bienestar general" sino que en el disciplinamiento social, y esta es una idea que puede mantenerse incluso frente a la evidencia de un deterioro social. 

Si a esto le sumamos el poder hegemónico que las derechas mantienen sobre los medios de comunicación y sobre el control del algoritmo de las redes sociales, tenemos un escenario donde al deseo masoquista por el orden se une el refuerzo positivo constante de los medios en post de mantener esta cosmovisión autoritaria.

Además no podemos dejar de considerar como ahora (y también en el pasado), las izquierdas son quienes abonan el terreno para la llegada de la ultraderecha, a través de gobiernos que también sostienen el sistema capitalista y el sistema democrático que -con la intervención del Estado- beneficia siempre a los más ricos y sostiene la desigualdad social, sentando con su acción y omisión las bases del pensamiento masoquista social, cuya base es la renuncia de la libertad.

Sin embargo -aún con todo-, hoy a los revolucionarios aún nos queda un espacio de lucha.

No es nuestro trabajo apelar a la búsqueda de una supuesta "racionalidad" de lo electores, machacándoles los beneficios estatales perdidos para que voten por la izquierda y se hagan sus clientes. Nuestra lucha debe encaminarse a dar a conocer, de forma radical y honesta, nuestra visión de una sociedad revolucionaria, antimilitarista y comunista anárquica. Lo peor que podemos hacer es sumarnos a la propaganda de izquierda que busca el clientelismo para acrecentar el mismo control social que busca la derecha pero fundado en la esperanza de recuperar algún beneficio otorgado graciosamente por la "magnanimidad" de los políticos, sin cambiar el sistema de injusticia y opresión que realmente beneficia solo a los ricos y nos machaca a los pobres, sea el gobierno que sea.

El comunismo anárquico va más allá. La revolución social puede ser una realidad si avanzamos hacia una conciencia antimilitarista colectiva que supere a la perversión y crueldad; una conciencia solidaria, que viva el el apoyo mutuo, y que sea realmente anticapitalista. Un comunismo anárquico contra todo nacionalismo, e incluso más allá del instrumentalizado "internacionalismo", hacia una sociedad cosmopolita, sin fronteras nacionales. 

Esto nunca lo lograremos sumándonos a las luchas izquierdistas que reclaman siempre un control coercitivo del Estado, con su casta de burócratas, empresarios, militares, policías y políticos.

Hoy frente al masoquismo social debemos propagar la cultura revolucionaria que nos libere del deseo por la crueldad militarista, el egoísmo capitalista y el autoritarismo político.

A la calle a propagar nuestras ideas, no las del posible gobierno futuro de la izquierda. 

¡Por la huelga general!
¡Por el comunismo anárquico!

Pedro Peumo