Un fenómeno similar ocurriría luego en desde la segunda mitad del siglo XX con conceptos como "neoliberalismo", "extractivismo" o "colonialismo" que lejos de enriquecer la crítica anticapitalista -como se suele decir desde la izquierda -, la sustituyen por ideas que funcionan como parte de un imaginario reaccionario y que coadyuban a la conquista del poder por la socialdemocracia, a través de la colaboración de clases y la abdicación de un verdadero anticapitalismo.
En Marx, la idea de "imperialismo" no designaba la expansión colonial ni económica del capitalismo, como lo entendemos hoy en día, porque consideraba que éstos fenómenos son inherentes al propio sistema capitalista. Para Marx la idea de imperialismo equivalía a bonapartismo o cesarismo: un régimen autoritario donde el poder ejecutivo se concentra en un líder que actúa en beneficio general de la burguesía, suprime las instituciones parlamentarias y seduce a las clases populares mediante demagogia, sin alterar la explotación capitalista. Marx lo concebía como la forma suprema del poder estatal burgués.
En el siglo XX, el concepto adquiere un sentido radicalmente diferente. El economista inglés John A. Hobson (1902) lo redefinió como la búsqueda de nuevos mercados y destinos de inversión a través de la expansión colonial, impulsada por el subconsumo interno derivado de la desigualdad en la distribución del ingreso. Para Hobson, el imperialismo era un defecto corregible del capitalismo, superable mediante redistribución y nacionalizaciones, sin necesidad de revolución.
Esta nueva acepción fue adoptada -con variaciones- por marxistas como Parvus, Kautsky, Hilferding, Rosa Luxemburgo y Lenin, quienes coincidían en ver el imperialismo como respuesta a crisis internas de reproducción del capital, aunque diferían en el diagnóstico de esas crisis (subconsumo, sobreproducción, desproporción sectorial, etc.).
"Imperialismo" pasó de significar una forma política del Estado burgués a designar una dinámica económica de expansión global del capital, y esta ha sido desde entonces la interpretación preponderante en el imaginario colectivo de la izquierda y del anarquismo influenciado por ella.
Marx no necesitaba el concepto de "imperialismo" para describir la expansión global del capitalismo porque, para él, esa expansión era consustancial al propio sistema.
Ni Bakunin, ni Kropotkin ni Malatesta hablan de "imperialismo" ni lo usan como una categoría analítica. Y esto no es consecuencia de un supuesto atraso en la comprensión que se tuviera en su época del fenómeno expansionista del capitalismo. Como Marx, entendían que el capitalismo y los Estados son expansionistas por naturaleza, no por accidente ni por la perversión de alguna de sus fracciones.
Así, por ejemplo, para Bakunin: "El Estado moderno es necesariamente, por su esencia y su objetivo, un Estado militar; por su parte, el Estado militar se convierte también, necesariamente, en un Estado conquistador; porque si no conquista él, será conquistado, por la simple razón que donde reina la fuerza no puede pasarse sin que esa fuerza obre y se muestre." (Estatismo y anarquía, 1873).
La idea de imperialismo, y por consiguiente de su contrario el "antiimperialismo", como principal frente en la lucha de la izquierda siguió creciendo y expandiéndose desde que Hobson lo formulara. Cuando los marxistas del siglo XX redefinieron el imperialismo como una fase, una etapa, una política específica del capital financiero o monopolista, cometieron un desplazamiento analítico que tuvo consecuencias políticas enormes: si el imperialismo no es el capitalismo mismo sino una de sus formas históricas, entonces es posible imaginar un capitalismo sin imperialismo, un capitalismo "sano", nacional, productivo, no monopolista. Y ahí comienza el problema.
Esa redefinición abrió la puerta a una política de alianzas que desde una perspectiva anarquista solo puede calificarse de desastrosa. Si el enemigo no es el capital como relación social sino el capital financiero extranjero, el imperialismo de tal o cual potencia, entonces la burguesía nacional -la que produce, la que emplea, la que supuestamente "construye el país"- puede ser aliada. La lucha de clases se suspende en nombre de la lucha antiimperialista. El obrero y el patrón nacionales comparten, según esta lógica, un enemigo común: el capital foráneo, la injerencia extranjera, la dependencia. La colaboración de clases no aparece como traición sino como necesidad táctica, incluso como deber patriótico. Lo que desde el anarquismo se denuncia como la forma más sofisticada de integración del proletariado al orden burgués se presenta como radicalismo antiimperialista.
Este desplazamiento tiene además una consecuencia cultural de largo alcance: introduce el nacionalismo en el corazón de la izquierda y en el anarquismo que la sigue. Si el imperialismo es definido esencialmente como dominación de una nación sobre otra, la respuesta lógica es la afirmación de la nación oprimida. La liberación nacional del "pueblo" se convierte en el horizonte de emancipación, y la nación -esa comunidad imaginada que siempre ha servido para disolver la solidaridad de clase en una identidad vertical que une a explotados y explotadores bajo una misma bandera- adquiere un estatuto casi sagrado en el discurso de izquierda y el anarquismo. Desde Bakunin hasta los anarquistas de principios del siglo XX, la crítica a este proceso fue constante: el nacionalismo, incluso en su versión "popular" o "revolucionaria", reconstruye exactamente la forma de dominación que dice combatir, porque la nación no es la gente, es el Estado, y el Estado es siempre un aparato de control, independientemente de quién lo dirija.
Aquí aparece la trampa más profunda. La lucha antiimperialista, tal como fue conceptualizada por Lenin y las tradiciones derivadas, desemboca necesariamente en la conquista del Estado. Si el problema es la dependencia nacional, la solución es un Estado nacional fuerte, soberano, capaz de resistir la presión exterior. El partido, la vanguardia, la organización revolucionaria no aspiran a disolver el poder sino a tomarlo, a ocupar esa maquinaria que el análisis marxista del bonapartismo -el propio Marx que citamos al inicio- describía como la forma suprema del poder burgués. La izquierda estatal hereda así el aparato que debería haber destruido y, con él, sus funciones: administrar la explotación, disciplinar al trabajo, gestionar la acumulación. La experiencia histórica del socialismo real, pero también de los gobiernos progresistas latinoamericanos o de los frentes de liberación nacional que tomaron el poder, ilustra con brutal claridad este ciclo: la retórica antiimperialista convive perfectamente con la represión de la autonomía obrera, la militarización de la vida social y la integración en el mercado mundial en condiciones apenas modificadas.
Desde este punto de vista anarquista este no es un problema de desviaciones o traiciones individuales sino estructural: toda política orientada a la toma del poder reproduce la lógica del poder. No importa que el Estado se llame socialista, bolivariano o de liberación nacional; su función como maquinaria de coerción y administración de las relaciones capitalistas de producción no desaparece por el cambio de quienes lo ocupan. En este sentido, el concepto de imperialismo tal como fue elaborado por la tradición marxista-leninista no desactivó el capitalismo sino que desactivó la crítica al Estado, que es la institución que garantiza y reproduce el capitalismo.
Hay también una dimensión económica en esta trampa que merece atención. La reivindicación de la industria nacional, del mercado interno, de la soberanía económica frente al capital extranjero implica defender relaciones de producción capitalistas siempre que sean nacionales. El obrero que trabaja en una fábrica de capital nacional está igual de alienado, igual de explotado, que el que trabaja para una multinacional. La plusvalía no tiene pasaporte. Sin embargo, la política antiimperialista hace de la propiedad nacional -pública o privada- un valor en sí mismo, subordinando la abolición de la explotación a la afirmación de la soberanía. El desarrollismo, el industrialismo estatal y el nacionalismo económico que han caracterizado a buena parte de la izquierda del siglo XX son hijos directos de este desplazamiento conceptual.
Desde el anarquismo, la pregunta que debería haber articulado la crítica al capitalismo nunca fue de dónde viene el capital sino qué es el capital: una relación social de dominación basada en la apropiación del trabajo ajeno, la jerarquía en la producción y la mediación mercantil de todas las relaciones humanas. Esa relación no se modifica cambiando la nacionalidad del propietario ni la bandera que ondea sobre la fábrica. La crítica radical exige atacar la relación misma, no sus formas nacionales o sus fases históricas. Y esa crítica fue precisamente la que el concepto de imperialismo, en su versión dominante dentro de la izquierda, contribuyó a desplazar, a diferir, a subordinar a objetivos intermedios que resultaron ser, en última instancia, la estabilización de nuevas formas de dominación.
Vale la pena preguntarnos hoy si conceptos como "extractivismo", "colonialismo" o "neoliberalismo", que si bien pueden explicar ciertas características que adquiere el desarrollo del capitalismo, en la práctica se han desdibujado y han pasado a operar como fetiches dentro del lenguaje izquierdista, dispersando el foco de la crítica directa del capitalismo y la burguesía, para reemplazarla hacia respuestas más acotadas que puedan ser abordadas por la socialdemocracia en sus gobiernos y parlamentos, desplazando indefinidamente para después la revolución social o -simplemente- desechandola del horizonte de posibilidades. Un mecanismo que beneficia también a las élites de izquierda y su colaboración con las burguesías nacionales o "progres".
La trampa "antiimperialista" que implantaron los socialdemócratas, y todo el aparato discursivo que han desarrollado después, en definitiva, ha sido elegante, ha operado como mecanismo de desarticulación de la crítica realmente anticapitalista y revolucionaria, y se ha construido con el mismo lenguaje del explotador.
Pedro Peumo. 2026