La falacia de la "democracia directa" en el anarquismo


La noción de "democracia directa" merece una crítica que vaya más allá del entusiasmo participativo con el que suele presentarse. No basta con oponerla a la democracia representativa para convertirla en sinónimo de autogestión. La cuestión central no es únicamente quién decide, sino bajo qué estructuras sociales y materiales se decide.

En la tradición libertaria vinculada a la Federación Obrera Regional Argentina (FORA-AIT), la crítica no se dirige solo contra la delegación parlamentaria, sino contra la forma política misma cuando se separa de la vida económica. La democracia directa, entendida como asamblea ciudadana donde cada persona vota, mantiene intacta la escisión entre el ámbito político y el productivo. En ese caso, la soberanía popular se ejerce en el aire, mientras la propiedad y la gestión de los medios de producción permanecen concentradas. El resultado es una ampliación del procedimiento decisorio sin un cuestionamiento real de la estructura de poder. La democracia directa no es un mecanismo revolucionario expropiatorio sino que la continuación del modelo representativo en una aparente "horizontalidad" política, que se satisface en si misma, sin importar si se produce o no en un proceso autogestionario.

Desde el punto de vista teórico, la democracia directa sigue siendo una forma de gobierno. Y todo gobierno implica la posibilidad de que una mayoría imponga su voluntad a una minoría. El anarquismo no cuestiona solo la representación, sino la lógica mayoritaria como mecanismo coercitivo. La asamblea no deja de ser un aparato de decisión que, si no está inserto en una red federativa basada en la libre adhesión y el mandato revocable, reproduce un nuevo centralismo. La historia de los procesos revolucionarios muestra cómo las asambleas pueden convertirse en órganos de legitimación de decisiones previamente modeladas por minorías activas o por dinámicas informales de poder. 

Existe además un problema de escala. La democracia directa funciona como forma de gobierno en comunidades relativamente pequeñas donde el conocimiento es compartido y las consecuencias de las decisiones son tangibles. En sociedades complejas, interdependientes y tecnificadas, la deliberación informada exige tiempo, acceso a información especializada y condiciones materiales que no están igualmente distribuidas. La igualdad formal en el voto puede ocultar desigualdades reales en la capacidad de influir. Sin una transformación profunda de las condiciones económicas y educativas, la democracia directa reproduce jerarquías invisibles.

El anarquismo propone otra lógica: la autogestión federada desde los centros de trabajo y de vida. No se trata de "participar" en un cuerpo político abstracto, sino de ejercer control directo sobre las funciones sociales que cada colectivo desempeña. La federación de sindicatos y comunas no es un parlamento ampliado, sino una coordinación de unidades autónomas vinculadas por pactos concretos y revocables. La diferencia es sustantiva: no se busca perfeccionar la democracia, sino superar la forma estatal que la contiene.

También conviene problematizar el fetichismo de la decisión. Decidir más no equivale necesariamente a ser más libre. Si las opciones están condicionadas por un marco económico capitalista, por la competencia entre territorios o por la presión de mercados globales, la democracia directa se convierte en mera gestión participativa de límites impuestos. Se vota sobre recortes, prioridades presupuestarias o normativas, pero no sobre la estructura que genera la escasez y la dependencia.

Desde una mirada estratégica, la democracia directa corre el riesgo de integrarse como válvula de legitimación del orden existente. Consejos consultivos, presupuestos participativos o plebiscitos frecuentes pueden dar la impresión de soberanía popular mientras la estructura de dominación permanece intacta. El anarquismo, en cambio, sitúa el eje en la acción directa, la organización económica de la clase trabajadora y la destrucción del poder político desde abajo, no en la ampliación de mecanismos formales de decisión.

La crítica, entonces, no rechaza la deliberación colectiva ni la asamblea como herramienta, sino la ilusión de que la democracia directa resuelve la cuestión del poder. Sin transformación de las relaciones de producción y sin federación libre de estructuras autogestionadas, la democracia directa se convierte simplemente en otra forma -más participativa, pero igualmente política- de administrar la subordinación.

Autogestión no es sinónimo de democracia directa, autogestión es la destrucción de todo tipo de democracia, de toda forma de gobierno, incluso de aquél que se dice "del pueblo". La autogestión no busca el perfeccionamiento de un sistema político de toma de decisiones sino que se desenvuelve en un espacio revolucionario cuyo objetivo es la destrucción de la política, la jerarquía y la dominación, representada por la democracia y el capitalismo.

Pedro Peumo.