Por: Pedro Peumo.
"Habían dejado de ser anarquistas para convertirse en simples "antifascistas" y buscaban, incluso rogaban ansiosamente, la "unidad" con todos los políticos y posiciones de "responsabilidad" en el gobierno central de España" (Manuel Azaretto).
"Esta política de la CNT ha permitido al Partido Comunista Español... mostrar las garras de su dictadura... ha acabado facilitando el mayor colapso revolucionario de la Historia" (Secretariado AIT, 1937).
Noviembre de 1936 marcó un antes y un después en la historia del movimiento obrero anarquista mundial. Mientras las balas silbaban en el frente de Madrid, cuatro figuras emblemáticas del anarquismo español -Federica Montseny, Juan García Oliver, Juan López y Joan Peiró- cruzaban el umbral de los ministerios de la II República, una línea roja que nunca antes se había cruzado: anarquistas participando de un gobierno y de la institucionalidad estatal. Para algunos, era un acto de realismo político; para el anarquismo latinoamericano representado por la FORA (argentina) y la FORU (uruguaya), era el inicio de un descenso imparable por lo que Manuel Azaretto (quien fuera un destacado militante de la FORU) llamó “las pendientes resbaladizas”.
Recientes investigaciones, como las rescatadas por el historiador Vadim
Damier, desmienten la narrativa oficial que
presentaba a una CNT unánime en su renuncia a la revolución. Documentos del
Comité Nacional revelan que la base catalana no rechazó el comunismo libertario
por convicción estratégica, sino que cometió el error táctico de posponerlo.
Se condicionó el triunfo de la Idea a un hito militar: la toma de Zaragoza.
Al no caer la ciudad, la “colaboración provisional” se cristalizó en una
estructura permanente. Como bien apunta la historiografía forista, la CNT cayó
en una trampa dialéctica: al aceptar que “la guerra” era previa a “la revolución”,
los libertarios españoles entregaron su autonomía al Estado, transformando sus
milicias en ejército regular y sus comunas en apéndices burocráticos.
Desde Montevideo y Buenos Aires, la crítica no se hizo esperar. Para la FORA y la FORU la participación
gubernamental no era un error táctico sino una “antinomia fundamental”. Profundizando
sobre esto, Azaretto, en su análisis sobre los desvíos del movimiento, fue
tajante: no existen “circunstancias excepcionales” que justifiquen que un
anarquista se convierta en carcelero o ministro.
Para el anarquismo latinoamericano, el colaboracionismo español
representaba la centralización del mando: Los comités superiores de la
CNT comenzaron a decidir de espaldas a las asambleas de barrio y los sindicatos.
Paralelamente,
desde las bases de la CNT se denunció que, para salvar a la República
del fascismo, se estaba construyendo un “Estado Rojo” que, en la práctica,
terminaría siendo igual de opresivo. “Para el trabajador, el triunfo del
fascismo o del marxismo conduce a las mismas consecuencias”, advertían los
delegados cenetistas radicales en los plenos de 1937.
El reportaje de los hechos de esos meses nos lleva a los trágicos
sucesos de mayo de 1937 en Barcelona. Lo que la prensa oficial calificó como un
“motín de incontrolados” fue, según los archivos de la FAI y la Juventud
Libertaria, el último grito de una base que veía cómo sus propios ministros
pedían “alto al fuego” mientras el estalinismo masacraba a los obreros en las
barricadas.
Investigaciones en textos que se guardan en los archivos militares rusos
confirman hoy que el Estado mayor republicano ya preparaba el desarme de los
anarquistas meses antes. La “unidad” era un espejismo; la guerra civil dentro
de la guerra civil era inevitable porque el Estado, por su propia naturaleza,
no puede tolerar la existencia de iniciativas autogestionarias.
En el plano anarquista internacional, toda la tensión acumulada por esta
decisión estalló un año después. Entre el 6 y el 17 de diciembre de 1937, la
Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT) convocó un congreso
extraordinario en París. El objetivo era diseccionar la participación de la CNT
en el gobierno y los trágicos ecos de los “Hechos de Mayo”.
En el estrado, los delegados cenetistas (Xena, Antona, Martínez Prieto y
Rodríguez Vázquez) intentaron sostener lo indefendible: el “anarquismo
pragmático”. A su lado, Helmut Rüdiger presentó un “informe secreto” —hoy
analizado como una pieza clave de la claudicación— donde defendía que la teoría
y los principios debían sacrificarse en el altar de la unidad antifascista para
ganar la guerra.
Frente a ellos, Pierre Besnard, en ese momento secretario de la AIT,
encarnó la conciencia herida de la Internacional. Besnard acusó a la CNT de
capitular ante los intereses burgueses y amenazar la unidad del proletariado
mundial. El choque fue tan violento que Besnard llegó a solicitar la baja de la
CNT de la Internacional, denunciando que los españoles no respetaban los
principios básicos y que, además, apenas habían aportado cotizaciones.
Sin embargo, se produjo una de las mayores ironías de la historia
libertaria. A pesar de la gravedad de las acusaciones, la CNT no fue censurada.
La razón era puramente numérica: en 1937 el anarquismo latinoamericano había
sido perseguido y diezmado, y en el resto de Europa, la persecución fascista y
la influencia soviética y socialdemócrata casi habían acabado con él. La AIT parecía
no poder sobrevivir sin la poderosa CNT en el gobierno. El realismo político,
ese mismo veneno que infectaba a la CNT en España, maniató a la Internacional
en París. El resultado fue un relevo administrativo: Besnard fue sustituido por
un secretario residente en España, más dócil a las necesidades de la guerra.
El ”informe secreto” de Rüdiger, cuya confidencialidad buscaba evitar
que los estalinistas supieran que la CNT se sometería a cualquier precio en la colaboración antifascista,
terminó siendo publicado en 1938 bajo el título El anarcosindicalismo en la
Revolución española. Lo que nació como una confesión de debilidad política se
convirtió en el manual de la derrota.
Hoy, al releer a Azaretto y contrastarlo con las actas de los plenos de la
CNT de 1937 -donde más del 40% de la militancia exigía ya la retirada inmediata
del gobierno-, la lección es clara. La experiencia española no demostró la
“inviabilidad” del anarquismo, sino la letalidad del poder. Queda claro que una
vez que se pone el pie en la pendiente de la gestión estatal, el final es la
derrota militar y, lo que es peor, la capitulación moral. La libertad, como
sostenía la FORA, no se concede desde un ministerio; se conquista en la calle,
contra todo gobierno.
Referencias:
https://bibliotecadigitalbdela.blogspot.com/2025/04/la-interpretacion-anarquista-de-la.html
file:///C:/Users/HP/Downloads/252-Texto%20del%20art%C3%ADculo-999-1-10-20200322.pdf
https://theanarchistlibrary.org/library/manuel-azaretto-slippery-slopes